Hay una primera vez para todo,
y la primera vez que vi aparecer
la rutina
de hacer algo por enésima vez
salí huyendo espantado;
la segunda vez traté de confrontarla
con giros y variaciones y,
en última instancia,
de negociar con ella
una solución a medio camino;
la tercera vez
la abracé como a una vieja amiga.
Y ésa fue la primera vez
que caí en sus garras.
Desde entonces, huyo incansablemente de ella
aunque, rápida y astuta,
la rutina siempre termina por alcanzarme.
