Antes de que partamos (2019)

Toma otra taza de caldo y un pedazo de fruta, que te vendrá bien. En media hora partiremos y conviene que estés en forma. Si no estás convencido, todavía puedes echarte atrás, pero no entorpezcas la caravana a mitad del camino. Vamos, come. ¿Cuántos días has aguantado en ayuno? Probablemente no volveremos a probar bocado en una semana. Hay que tener un poco de resistencia, es sólo eso.

Acuérdate de tu tío Matías. Él se entrenó durante años para encarar las duras condiciones del desierto. Luego no le hizo falta, porque cuando llegó la hora de hacer la expedición, ya era tan viejo que lo exhortaron a quedarse tranquilo en su casa.

Él se preparó durante toda su vida —quizá en exceso, y al final no lo dejaron ir; pero según yo lo veo, lo que a ti te pasa es que no estás listo; y sólo porque se lo prometimos a tu tío te dejaremos venir, pero nada más que si estás realmente convencido.

De acuerdo, ahora escucha: cuando montemos por el cerro debes cuidar bien de no hundir tus pies entre los yerbajos que entorpecen el camino. Allí han enterrado trampas; la otra vez descubrimos varias antes de que nos pudieran agarrar el tobillo y dejarnos tullidos, pero de seguro que han enclavado algunas nuevas.

Luego empieza la verdadera travesía por el desierto. Si nos damos prisa, no serán más que dos semanas, pero aun en el mejor de los casos pasaremos sed. Los dátiles y frutos evitarán que nos pesen las ganas de andar por esos terrenos yermos, pero debemos aguardar lo máximo que podamos y no consumirlos hasta que oigamos nuestros vientres más que la voz de las gargantas.

Recuerdo que la última vez, hará ya dos lustros, nos sorprendió un vendaval. Por muy duro que estuviera el suelo que pisábamos, la arena lograba desprenderse como las brasas; o quizá viniera traída de otra parte.

El sol fue barrido por una polvareda de su mismo color. Un fulgor áspero y sórdido nos ofuscaba las pupilas y abrasaba la garganta. Una tremenda orquesta de  trompeta, trombón y saxo berreaba y hundía sus lamentos en nuestros oídos, arañándonos las entrañas.

Allí no había lugar para resguardarse, y tampoco podíamos retroceder. Sólo nos quedó aguantar y seguir adelante. En ese momento quedamos suspendidos en un lugar indeterminado, a bastante distancia los unos de los otros. La sensación es peculiar: el cuerpo se entumece y no sabes si sus miembros siguen unidos o se han dispersado entre las millones de gotas de arena.

Al terminar el vendaval, todavía en medio del desconcierto, no sabíamos cuánto tiempo había transcurrido; extrañamente, las agujas de mi reloj, y tengo entendido que también las de los demás, se habían desplazado varios grados a la inversa. Es una situación complicada y no hay que perder el control, pero no te preocupes, es poco probable que suceda esta vez.

Me estoy yendo por las ramas y no nos quedan más que diez minutos. Después de lo árido llega lo frondoso, de la misma manera en que, tras una tormenta, las últimas nubes dejan tendido un blanco resplandor; y, justo al final del trayecto, lo vas a agradecer. Allí es donde comenzamos a buscar. Ya hemos revisado tres cuartas partes del terreno, pero el trozo que nos queda es el menos accesible. Y además, creemos que han colocado nuevas trampas donde antes no había, así que estate quieto cuando te digamos. Quédate con este apunte: lo que estamos buscando es un baúl negro de madera, supuestamente de más de tres metros de largo por dos de ancho, con un grabado junto a la cerradura. Sospechamos que está bien soterrado, y que probablemente plantaron un árbol encima, por lo que lo mismo una raíz lo ha atravesado y partido en dos, si es que no se ha podrido por completo.

Vamos a trabajar abriendo la tierra en jornadas de más de doce horas. Allí habrá frutos en algunos árboles, así que podrás llevarte algo a la boca, aunque de ninguna manera esperes conservar tu aspecto. Intentaremos permanecer allí dos o tres meses; y si no lo encontramos, nos largamos. Aún podremos hacer otro viaje dentro de unos años, pero si entonces no encontramos nada ya no quedará mucha esperanza, y la mayoría de nosotros hemos dedicado una buena porción de vida a la búsqueda de ese baúl. Mira las agujas del reloj: es hora de marchar. Vamos, ya te has decidido, ahora no vayas a echarte atrás.