Usualmente, viajar en autobús es únicamente moverse de un lugar a otro: lo importante es el lugar de donde vienes o aquél adonde vas, sin mayor trascendencia. Pero en contadas ocasiones, las circunstancias del momento elevan a un rango superior y enigmático ese espacio geográfico y temporal en el que nos vemos atrapados mientras la vida sigue para todos los demás. De pronto, una chispa puede encender en el pensamiento una obsesión —una obsesión transitoria, propia de ese momento y lugar—, como un fuego al que acercarse para ahuyentar los fantasmas que nos afligen.
Voy persiguiendo la luna roja
a la hora a la que aparecen
los nahuales en la carretera
Por una confluencia de sucesos nació esta obsesión por el eclipse lunar que presencié desde la ventanilla junto a mi asiento, hace ya veinticuatro meses, y poco después surgieron los primeros versos que, recitados en bucle, describen el estado anímico que tiñó el cielo aquella noche, en aquel trayecto.
entregada en obsequio a mi pupila desnuda
pero esquiva al advertir la fotográfica emboscada,
se oculta entre la maleza
El poema ya está terminado, la obsesión consumada, y tengo ganas de publicarlo próximamente en este blog. Como suele suceder en la poesía, está abierto a diversas interpretaciones según el lector; aquí sólo dejo entrever —sin ánimo de desvelar— la mía. Es uno de los textos que mostraré a lo largo de este 2026.
